Entre el antes y el después

Pocas cosas dan más miedo que quedarte a solas con tus pensamientos.

Una de ellas es saber que tienes que quedarte a solas con tus pensamientos, meditar y poner en orden el caos que orbita las ideas.

Creo que todo ser humano —incluido usted, querido lector—, percibe una evolución de su ente más acentuada a medida que transcurren los años. Durante una etapa, tanto usted como yo éramos de una manera determinada, y a esa etapa le sucedió otra, y otra, y otra… y así sucesivamente hasta su identidad actual. Creo no equivocarme si señalo que sabemos cómo delimitar las etapas pasadas: unos años… aquel año… hubo unos meses…

¿Y ahora? Ni lo sabe usted ni lo sé yo.

El presente es más incierto que el futuro.

Todos podemos considerar el millón de posibilidades perdidas y que nos aguardan, y sopesar sus consecuencias acaecidas y que acaecerán, incluso muchas veces, con esperanza, contamos con el factor de la fortuna. Lógicamente, lo inesperado sigue bailando en el azar.

Pero, ¿y el presente? ¿Ha dedicado su tiempo a pensar en cómo es usted ahora?

Sí, sabemos cómo era el pasado, nostálgico, reprimido, olvidado… Y el futuro, obviamente, imaginado, tanteado, calculado…

Pero el presente… ¿qué es usted ahora mismo? ¿Qué somos? ¿Qué soy?

¿Somos como pretendíamos ser? ¿Somos la sombra de propósitos desaparecidos o la tangente de una nueva idea sobre nuestra identidad?

¿Somos como estamos dispuestos a ser? ¿Somos el boceto de aspiraciones nuevas o el lienzo de un derrotismo ya anunciado?

¿Somos ahora nosotros como queremos ser o lo somos a ojos de los demás?

Sé que son demasiadas preguntas, pero quédese conmigo un poco más.

Simplifiquemos la teoría: el presente es tan constante que se hace a sí mismo inconsciente. Con esas preguntas meditamos sobre el avance del antes al después y nos mantenemos en el término medio. Esto es lo que nos permite hacer balance de las victorias y derrotas que nos hemos apuntado durante ese lapso y considerar si estamos tomando la dirección correcta o si, por el contrario, la brújula ha resultado estar rota. Y, por supuesto, cruzar los dedos y seguir eligiendo la senda correcta.

Y dentro de ese balance surgen centenares de cuestiones.

¿Por qué eso y no lo otro?

El eterno condicional que termina con el debate entre lo causal y lo casual.

¿Ha sido un impulso emocional? ¿Una decisión lógica? Tal vez una resolución egoísta o una osadía altruista, un estímulo autodestructivo o un juicio armonioso…

¡O viceversa, incluso! Podría ser un impulso lógico, una decisión emocional, una osadía egoísta, una resolución altruista, etcétera. Cabe hasta el factor ajeno que no incluye ninguna de las anteriores. Cabe todo, tampoco es que tengamos un faro que seguir; nos tenemos a nosotros y solo nos queda desear que hayamos hecho bien.

¡Pero ha merecido la pena! La incógnita de lo desconocido nos acongoja y no nos va tan mal en este presente. Como se suele decir, mejor malo conocido. El sentimiento de realización personal aparece con una tímida modestia para quedarse durante sus minutos de gloria. Y, cómo no, la añoranza quitará el sueño alguna que otra noche; digamos que venía en la letra pequeña.

Ahora te voy a tutear. Toda esta realización, lamento recordar, es para que el memento mori sea más llevadero.

Para. No es que estemos yendo a ninguna parte.

Respira tres, cinco, diez veces antes de trazar la siguiente ruta.

¿Estás bien? Es muy importante.

Tal vez sea algo innato, puede que algo demasiado común entre tú, yo, y otras tantas personas… pero no tenemos prisa.

Tómate tu tiempo para pensar en ti.

Eres tu presente, eres tu día a día, tu minuto a minuto y tu segundo a segundo, y tienes la cabeza en cualquier otro intervalo menos en este.

No te pido el carpe diem. No. Te pido a ti, como ser individual, que te detengas un momento. Tú, con tus pasiones olvidadas, tus sueños desatendidos y tus emociones carcomidas… ¡Y todo ello asfixiado por una urgencia impuesta!

No tienes prisa. No la tenemos. Tomémonos un respiro, porque si el pasado no va a cambiar y el futuro tiene que llegar… ¿No tienes miedo de ser, para siempre, el infeliz estatismo entre el antes y el después?

Porque yo estoy acojonado.

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Hacer las paces con la ansiedad

No vamos a engañarnos: ha sido un invierno terrible, de modo que he decidido empezar a escribir el epílogo de este episodio.

Ya está bien. Por favor.

Me devuelves la mirada y tiemblo al recordar por todo lo que he pasado.

Sudor frío, lengua seca, el suelo parece un lugar cómodo para cerrar los ojos y frenar los escalofríos, pero me niego. Has podido conmigo tantas veces que los últimos meses se antojan como un delirio perdido en el tiempo; la realidad, un limbo entre las sábanas y los sueños; el sol, un inquilino al que nadie había invitado, y mi cuerpo un peso moribundo, asfixiante y tembloroso.

Sé lo que es buscar la raíz de esta tortura, una desesperación del tamaño de Goliat siendo yo un David sin honda ni piedras, un largo camino obstaculizado por la somnolencia, una técnica ludovico de mensajes positivos, pastillas e invariabilidad. Todo oscila a una velocidad caótica y esta vorágine no espera a nadie. Somos una nube estática en medio de ninguna parte que se ha quedado sin viento.

Pero esta vez, en lugar de cargar contra ti o refugiarme en vacuos pensamientos, prefiero quedarme a hablar contigo.

¿Qué nos ha llevado a esta situación?

Míranos, lo que queríamos evitar nos está consumiendo, aquellos sinsentidos e inquietudes han ganado terreno y todo ha sido nuestra culpa… ¿Qué dirán? ¿Qué hacemos? ¿Por qué no nos entendemos? ¿En qué dirección soplará el viento y cómo ponemos la vela? ¿Dónde acabaremos? ¿Acaso hemos empezado? ¿Dónde estamos y cómo nos encontramos? ¿Qué eres? ¿Qué somos? ¿Qué soy?

Y en un momento de debilidad, toda esa angustia que presionaba el pecho explota y gritamos desconcertados al no tener ni una sola respuesta.

Tranquilo, no pasa nada, no todo es un desastre.

No, no vengo a enfrentarme a ti, no escribo esto para plantarte cara; vengo en son de paz, vengo a entenderte, a abrazar esa sensación de asfixia porque estás tan asustado como yo. Vengo a gritar y a llorar contigo, a poner fin a esta guerra que yo te he declarado por no querer conocerte, por creer que me hacías daño cuando siempre he sido yo, una agitada parte de mí que se avecinaba y decidí ignorar; hemos sido nosotros y no podemos permitirnos sufrir más por separado.

Ahora sé que compartimos dudas, que el mundo da verdadero miedo y no estábamos preparados, que podemos quedarnos sin respiración un momento y soltarlo todo de golpe… y que no pasa nada. Podemos quedarnos atrás sin brisa que nos empuje y podrán adelantarnos si quieren… y no pasará nada. Mírame, mirémonos sin fruncir el ceño y culparnos; mirémonos con comprensión y ternura: es hora de dejar de lado tantas exigencias y empezar a ir a nuestro ritmo. Cojámonos de la mano y vayamos poco a poco: nadie espera, pero tampoco tenemos prisa; la angustia es pasajera y podemos trabajar en ello, podemos reconstruirnos y pensar el uno en el otro con cautela, podemos bailar sin compás y adaptarnos a lo desordenada que es la vida.

Podemos entendernos, podemos mejorar.

Nos extrapolamos, en recíproco, porque ya se anunciaba que nunca volveremos a existir el uno sin el otro, que ninguno volvería a ser la acción y el otro la reacción, sino que seremos una superposición que creará algo diferente; siempre acordes entre nosotros, hueso y músculo, pura cinesis involuntaria… errores a los que teníamos que enfrentarnos juntos.

Aceptémonos, abrazar la ansiedad es solo un cambio de ritmo.

 

Nota del autor:

A raíz de un episodio de ansiedad me he descuidado bastante en los últimos meses. La motivación e inspiración se habían evaporado y perdí el control de ciertos aspectos de mi vida, mientras que decidí hacer cambios con muchos otros. Quiero dejar claro que:

La ansiedad no es algo bonito ni nada que tomarse a la ligera, desde luego, y en ningún momento he pretendido edulcorarla o restarle seriedad con este relato.

Si usted, querido lector, padece ansiedad o cree que puede estar pasando por un episodio de ansiedad, por favor, trátese: acuda a un especialista en psicología, no se conforme con mensajes de azucarillo ni dé por hecho que se solucionará solo. Como ya he dicho, no es un tema que deba tomarse a la ligera. Cuando hable con el psicólogo, recuerde: no se culpe a sí mismo por sentirse mal o tener ataques. Le deseo lo mejor, de corazón.

Por favor, si ha sufrido ansiedad y considera que me he equivocado en algo, no dude en dejarlo claro en los comentarios: me ayudaría a mí y a todos aquellos que hayan leído esto.

Yo, por mi parte y a día de hoy, estoy mucho mejor. Lógicamente, no es algo que desaparezca de la noche a la mañana, pero se aprende a llevar y a controlar poco a poco. Repito que este relato no es más que una interpretación de lo que ha sido para mí hacer que la angustia y el dolor lleguen a ser más llevaderos y casi opcionales, convirtiendo la ansiedad en un personaje, en otro heterónimo. La ansiedad no afecta a todos por igual y cada persona lidia con ella de distintas formas. En mi caso, hace casi un año intenté describir cómo fue mi primer ataque de ansiedad (titulado El náufrago insomne) que, si usted quiere, puede leer aquí.

Cuídense mucho y gracias a todos: habéis tenido mucha paciencia conmigo y no sé ni cómo podría agradecerlo.

— Manuel Riaño

Drama con las desilusiones

Con algo de drama se vive mejor la vida. Digo yo, porque si no, no me lo explico.

Esta es una reflexión. Y de las malas.

La desilusión significa la pérdida absoluta de la esperanza de un individuo, cuando se da cuenta de que no hay nada que hacer ni nada en lo que creer. Estas desilusiones rodean nuestra existencia: oscilan desde los llantos del niño que desenmascara la mentira de los Reyes Magos hasta el día en el que descubrimos que uno no deja huella ni tiene el lujo de desaparecer entre aplausos en su funeral ¹.

Sobrecoge ver cómo una persona descubre, gradualmente, que una mera sensación o emoción a largo plazo es tan solo una broma mal preparada, de mal gusto y sin gracia alguna al final. El cuerpo le pide dejar de creer en lo que narices creyera: empieza por una terrible ansiedad, le sigue una demoledora desesperación que, muy lentamente, se convierte en una monótona enfermedad y culmina en una mirada vacua de ilusión.
Es doloroso ver a los que se desengañaron hace tiempo, ya inertes, viviendo en la inercia.

Esos desengañados, en secreto, siguen indagando en sus entrañas con la esperanza de encontrar una pequeña llama que les haga sentir la calidez que en otro tiempo sintieron hasta poder quemar, de nuevo, su cuerpo inflamable y resucitar de tan aterradora enfermedad.
Es triste, da verdadera lástima ver cómo ocultan su esperanza aun conociendo las consecuencias.

Esos imbéciles caerán una y otra vez porque es terrible vivir desengañado. Esos imbéciles, si me permitís, son unos imbéciles a los que hay que reconocerles su valor, pues tropiezan con la misma piedra y, si es necesario, con una cordillera.
Es trágico, pues a pesar del dolor y la desilusión, lo único que temen es no volver a vivir sin miedo a quemarse.

Y se dice eso de que las desilusiones son una forma de madurar y que cada uno aprende de ellas y las gestiona como puede. Claro que sí, que luego nos las damos de veteranos en el asunto, curtidos en la guerra contra nuestros sentimientos incomprendidos, nos creemos desengañados ya desde hace tiempo, desesperanzados sin ninguna expectativa a corto, medio y largo plazo cuando en un dudoso hálito de esperanza nocturna buceamos en nuestro propio drama e intentamos encender la condenada mecha de nuestro cuerpo con cerillas mojadas.

Es así y es triste, pero callaos.
¿Qué sabremos nosotros si somos ineptos, inertes y vivimos a la deriva de la inercia?
¿Qué sabremos nosotros si nos las damos de veteranos en esto y somos igual de imbéciles que siempre?
Callaos, que para tristes estamos todos.

Y por favor, meteos esas lecciones de autoayuda bukowskiana por vuestro orificio favorito.


¹ En algún momento, justo entre estos dos acontecimientos, uno se da cuenta de que el PSOE no es de izquierdas (jocoso comentario del autor para amenizar la lectura).

Los tres actos del pozo

INTRODUCCIÓN

Me he visto obligado a huir de mi cómodo pozo para recuperar el cuaderno y, tras deambular por un par de párrafos, me he dado cuenta de lo mucho que se tuercen las letras.

Siendo la persona joven que trata de desinhibirse tras años de contemplación de ajenos pensamientos, he tenido la sensación de no saber qué escribir. ¡Algo peor que olvidarse de respirar! Imaginen el horror, en su momento real y, posteriormente, excesivamente dramatizado… ¡lo que me temblaban las manos! Me he visto obligado a enfadarme conmigo mismo, pero no sé si con el autor o con el personaje. De nuevo, la eterna pregunta de quién es escrito y quién escritor…

ACTO I

Parece que nada cambia después de un lustro, cinco años escribiendo de los soles que más acogen… Será por la comodidad de algún sistema; a este paso me convierto en uno de esos cometas de los que no tienes noticias hasta que pasan tres cuartos de siglo.

Miren, esto que les cuento a continuación se escribió en algún momento de marzo de hace cuatro años —hasta cinco me atrevería a decir— y es la clásica historia de una escalera o aquel cuento de la lechera:

He malgastado la mayor parte de mi vida dejándome llevar por el viento sin seguir ninguna dirección en particular. Tras estudiar una rama docente que cada vez se especializaba en más banalidades, deambulé entre translúcidos planes de futuro sin conservar muchas caras conocidas en el trayecto. De ir a ninguna parte a ninguna otra parte. Con el tiempo, tuve la oportunidad de tratarme con individuos en los que podía plasmar lo que creía que era una semejanza de mi reflejo: soñadores despiertos con un triste optimismo lleno de solidaridad y soledad. Vi que tal plan estaba revocado a una vorágine autodestructiva, de modo que decido hacer de este año un cambio por el que sentirme orgulloso: un paso en una dirección y ni un paso atrás.

De vuelta a la realidad, les espera la más que obvia y cruda realidad: no, nada ha cambiado y me mantengo licnobio ciertas noches.

ACTO II

Seguro que son más de las cinco. Solo los nocturnos de siempre nos quedamos a estas horas y ninguno tenemos muy claro quiénes somos. Caras conocidas que reconfortan por estar en una misma situación estática. Creo que las personas noctívagas deberían denominarse algo así como estelas, no por su aparición anunciada, sino por la fugacidad de su presencia. No son especialmente corrientes, ni mucho menos les imaginas en un panorama diario, pero sugieren incertidumbre… menos un «serán o no serán» y más un «qué son y qué harán aquí» aderezado con una divertida aura de suspense. Ojalá detener este momento en el tiempo, pienso sin darme cuenta de lo desastroso que sería y que, aun así, lo añoraré.

Hoy llega el momento de sopesar cuál era la añoranza que inclinaba la balanza: un ambiente familiarmente de solera, aleatorios individuos desaliñados, compañeros de mediana confianza con las que vivir un centenar de momentos condenados al olvido del alba, o cualquier cosa que inhiba sentimientos prescindibles como la añoranza.

Sabría decidirme si mi vida fuese más ucrónica… ¿A dónde o cuándo quería yo llegar? Todavía son las cinco.

ACTO III

De todas las posibilidades habidas y por haber ya abandonadas a la deriva de la aceptación, de todas las noches prodigadas a la luz de una lámpara, del lamento innecesario al hedonismo más egoísta… ¡Suficiente! Que venga un epicureísmo moderadamente flemático y descuidado, el láthe biósas más sano que se podría encontrar.

La mejor sensación es, sin miedo alguno, coger el primer camino a ninguna parte, caminar decidido a decidir lo que decidirás —¡toma epífora en prosa!— cada mañana a cada paso, como quien baila en medio de la nada con la consciencia de ser un ente despreocupado y dichoso por el hecho de hacerlo y por nadie más.

Resulta que la idea de desaparecer —no en el sentido catastrófico— resulta atractiva. La mochila siempre ha de estar preparada para escapar; es el bote salvavidas definitivo. Desaparecer del ángulo periférico que alcanza cualquier mirada familiarmente cercana.

Reniego del ayer, del hoy y del mañana. Me despersonalizo y me vuelvo ajeno a todo lo que fui y todo lo que seré. Ni escrito ni escritor, un velo de niebla y…

¡Pum!

Solo quedó la huella de su cuerpo sobre las sábanas. Algunos le ven por ahí… desapareciendo…

Y proclamé desde el pozo… ¡será algún día el momento de ordenar tantas letras!

 

El indómito vuelo de Ícaro

Ícaro, como cualquier otro adolescente de la mitología clásica, era un alocado joven que solo tenía tres cosas en la cabeza: fecundar lo primero que viese, vivir alguna aventura con ciertas divinidades e irse de parranda con los argonautas. Ten cuidado, Ícaro, le decían; pero él, a palabras incoherentes pronunciadas por laringes inconscientes, trompas de Eustaquio en estado de letargo. A su edad era comprensible. Se imaginarán qué sintió el muy rebelde al conseguir sus primeras alas de cera.

Veo necesario explicar que yo no creo en las casualidades; al contrario, soy un férreo creyente de la causalidad.

No creo que Ícaro se acercase al sol por accidente sino que, en una enfermiza sensación de poderío lleno de hormonas, creyó tener el mundo a sus pies. Si el sol, ardiente e indómito, solo estaba al alcance de los dioses, entonces él sería el titán que lo desbravaría. Ascendió imparable a los cielos, embriagado de esa determinación que te hace creer el foco del antropocentrismo y que cualquier adversidad es una nube de polvo a su alrededor. Subió y subió, y para cuando la realidad azotó el vuelo de Ícaro era demasiado tarde.

Se precipitaba a un oscuro océano empapado en cera derretida que, poco a poco, se solidificaba sumando peso y una dura lección aprendida a deshora. Lo último que vio Ícaro fue a su adversario, una insultante estrella que ni se inmutó de su presencia; se ahogó aterrado y lleno de rabia al descubrir que no era más que una triste pérdida en un mundo donde nadie le llorará.

El universo se anotó otro tanto, otra víctima ilusa. La vida siguió y aquellos que fuimos Ícaro perdimos y flotamos inertes en un océano de tinieblas, entre presión y un sabor a derrotismo, salado y podrido.

 

Nota del autor:

Este relato empezó como una pobre historia alocada a modo de crítica: una manera de mostrar el ingenuo perfil de una mente que aún debe fermentar. Tiene gracia cómo a mitad del relato me di cuenta —y tal vez usted también, querido lector— de lo mucho que añoro aquellos años rebeldes, no por la insolencia que desprendía mi testarudez, sino por la despreocupación frente a las malas lenguas y a las cabezas cuadradas, y por creer que, indudablemente, el mundo puede cambiar a mi antojo con decisión, lucha y ganas, con la resolución de plantar cara, por ejemplo, al sol.

Ahora que he probado una mínima parte de realidad estos años, conquistar las adversidades cuesta cada vez más, y mantenerse determinado es un verdadero regalo.

Deberíamos recordar que todos seguimos teniendo un Ícaro en nuestro interior, un Ícaro que, con un poco de suerte, ya no es tan insolente y mantiene las ganas de enfrentarse a cualquier calamidad. Recordémoslo, pues estamos perdidos si no lo hacemos.

El náufrago insomne

Abro los ojos. Algo me ha rozado el pie. Lo noto. Son nervios. Estoy nervioso, terriblemente nervioso y solo, y la angustia golpea mi pecho como las mareas de una tempestad, una y otra vez; el oleaje me arrastra de un lado a otro hacia una tormenta en lo que, hasta hace un momento, era mi cama. El inicio de la madrugada empieza con esa calma propia de la brisa antes de un huracán, y me muevo con levedad entre los muelles del colchón. A medida que avanzan los minutos por estribor, las sábanas se abalanzan con furia y noto que me falta aire. Me hundo y me aferro con fuerza a la almohada en un intento por flotar y dejarme llevar a la salvadora tierra del sueño, pero una gigantesca zozobra arrastra mi cabeza contra un colchón embravecido. Mis pensamientos truenan en desasosiego y mi pulso no crea más que remolinos; por más que rebusco entre las mantas una corriente de calma, mi respiración llena de ciclones me impide conservar la mente fría.

Mente fría. Frío. Las horas transcurren y sigo bajo el ojo del huracán. Mis piernas no dejan de temblar y mi cabeza parece un volcán submarino a punto de estallar. Encuentro mi cuaderno, mi bote salvavidas, mi billete para sortear la marejada… y me agarro al lápiz, mi remo de confianza, decidido a ser Caribdis y vomitar el océano de inquietud. Las brazadas son torpes y no siguen ninguna dirección, ninguna pauta, sin párrafos o brújulas, y yo sigo dando bocanadas de aire y trazos con miedo a ahogarme en cualquier momento.

Avanzan el minutero y las nubes. El mar se va calmando. Respiro. Respiro de nuevo. Respiro y repito el patrón una y otra vez. El olaje de mi pecho sigue siendo irregular, sin ceder al sereno.

Veo una luz a lo lejos desde mi ventana. Un faro, un lucero, el sol, la tierra firme del amanecer, la isla de un nuevo día.

Son las seis de la mañana y me incorporo empapado en sudor frío con sabor a agua salada.

El náufrago insomne sobrevive una noche más en un mes en el que no se avecinan más que galernas de inquietud; y su cama será, en todas ellas, el ojo del huracán.

La crónica del olvido

«Que la inspiración te encuentre trabajando» y otras tantas famosas citas que tratan de motivarnos. Mi problema es que, siempre que a la inspiración le da por bajar y me ve con bolígrafo en la mano, se asusta y huye.

Hay algún momento de mi vida en el que banalicé la poesía y el privilegio de vivir. Me pongo excusas para no moverme, para no abrir la puerta, para no escribir, para no abrir los ojos. El mayor cambio de mi vida que tengo en mente es hacerme un pendiente o un tatuaje; uno que se quede en su sitio, inmóvil, conmigo.

Hemos llegado a creernos los individuos extravagantemente originales que leyeron a Bukowski, Hemingway y Dos Passos demasiado pronto, lo suficiente como para saber que en la vida no hay nada que intentar ni nada que conseguir. Nuestro marco histórico nos centra en la veintena, graduados en una carrera inútil que no nos ha llevado a ninguna parte, con trabajo ocasional y casi a fin de mes sin dinero para pagar el alquiler de un piso ridículamente pequeño. Estamos agotados, cansados de una vida que ni siquiera hemos vivido. Somos El extranjero, pero más pretenciosos: abarcamos con serenidad los grandes problemas, mientras que los más pequeños nos llevan de cabeza al agónico fin del mundo.

Al final resulta que no somos más que unas aspiraciones irreales y una templanza fría. Somos una bomba de relojería a punto de detonar y dar pie a una realidad deshumanizada que ni queremos ni esperábamos, que evitábamos en nuestras pesadillas más prematuras y, años más tarde, hacíamos todo lo posible por dispersarla con el humo del cigarro en plena madrugada. Una cruda realidad que nos llegó a atizar en ciertos amaneceres, dejándonos tirados en la cama durante horas, días y semanas, sin saber si nos retorcíamos en un sentido figurado o literal. A estas alturas, vivimos en el otoño de nuestra generación, siendo el invierno la espesa aceptación barroca que tanto tiempo llevamos evitando y siendo el verano el salto que dimos sin pensar, obviando consecuencia alguna y creyéndonos el más puro Renacimiento de la literatura.

Los últimos años transcurrieron como la madrugada del verano entre personas activas, plazas a rebosar, puños en alto, abrazos, carcajadas, acordes inconformes y versos denunciantes hasta que, de repente, llegó el otoño y todo quedó inmóvil; absolutamente todo. La tierra deja de rotar, el viento de soplar y los corazones de latir. El país —qué digo, el mundo— está paralizado. Nuestras vidas, como consecuencia, también.

Gritamos «no nos callarán», pero no hizo falta: nos callamos nosotros solos.

Somos la crónica del olvido; ni nosotros queremos recordarnos.