El indómito vuelo de Ícaro

Ícaro, como cualquier otro adolescente de la mitología clásica, era un alocado joven que solo tenía tres cosas en la cabeza: fecundar lo primero que viese, vivir alguna aventura con ciertas divinidades e irse de parranda con los argonautas. Ten cuidado, Ícaro, le decían; pero él, a palabras incoherentes pronunciadas por laringes inconscientes, trompas de Eustaquio en estado de letargo. A su edad era comprensible. Se imaginarán qué sintió el muy rebelde al conseguir sus primeras alas de cera.

Veo necesario explicar que yo no creo en las casualidades; al contrario, soy un férreo creyente de la causalidad.

No creo que Ícaro se acercase al sol por accidente sino que, en una enfermiza sensación de poderío lleno de hormonas, creyó tener el mundo a sus pies. Si el sol, ardiente e indómito, solo estaba al alcance de los dioses, entonces él sería el titán que lo desbravaría. Ascendió imparable a los cielos, embriagado de esa determinación que te hace creer el foco del antropocentrismo y que cualquier adversidad es una nube de polvo a su alrededor. Subió y subió, y para cuando la realidad azotó el vuelo de Ícaro era demasiado tarde.

Se precipitaba a un oscuro océano empapado en cera derretida que, poco a poco, se solidificaba sumando peso y una dura lección aprendida a deshora. Lo último que vio Ícaro fue a su adversario, una insultante estrella que ni se inmutó de su presencia; se ahogó aterrado y lleno de rabia al descubrir que no era más que una triste pérdida en un mundo donde nadie le llorará.

El universo se anotó otro tanto, otra víctima ilusa. La vida siguió y aquellos que fuimos Ícaro perdimos y flotamos inertes en un océano de tinieblas, entre presión y un sabor a derrotismo, salado y podrido.

 

Nota del autor:

Este relato empezó como una pobre historia alocada a modo de crítica: una manera de mostrar el ingenuo perfil de una mente que aún debe fermentar. Tiene gracia cómo a mitad del relato me di cuenta —y tal vez usted también, querido lector— de lo mucho que añoro aquellos años rebeldes, no por la insolencia que desprendía mi testarudez, sino por la despreocupación frente a las malas lenguas y a las cabezas cuadradas, y por creer que, indudablemente, el mundo puede cambiar a mi antojo con decisión, lucha y ganas, con la resolución de plantar cara, por ejemplo, al sol.

Ahora que he probado una mínima parte de realidad estos años, conquistar las adversidades cuesta cada vez más, y mantenerse determinado es un verdadero regalo.

Deberíamos recordar que todos seguimos teniendo un Ícaro en nuestro interior, un Ícaro que, con un poco de suerte, ya no es tan insolente y mantiene las ganas de enfrentarse a cualquier calamidad. Recordémoslo, pues estamos perdidos si no lo hacemos.

El náufrago insomne

Abro los ojos. Algo me ha rozado el pie. Lo noto. Son nervios. Estoy nervioso, terriblemente nervioso y solo, y la angustia golpea mi pecho como las mareas de una tempestad, una y otra vez; el oleaje me arrastra de un lado a otro hacia una tormenta en lo que, hasta hace un momento, era mi cama. El inicio de la madrugada empieza con esa calma propia de la brisa antes de un huracán, y me muevo con levedad entre los muelles del colchón. A medida que avanzan los minutos por estribor, las sábanas se abalanzan con furia y noto que me falta aire. Me hundo y me aferro con fuerza a la almohada en un intento por flotar y dejarme llevar a la salvadora tierra del sueño, pero una gigantesca zozobra arrastra mi cabeza contra un colchón embravecido. Mis pensamientos truenan en desasosiego y mi pulso no crea más que remolinos; por más que rebusco entre las mantas una corriente de calma, mi respiración llena de ciclones me impide conservar la mente fría.

Mente fría. Frío. Las horas transcurren y sigo bajo el ojo del huracán. Mis piernas no dejan de temblar y mi cabeza parece un volcán submarino a punto de estallar. Encuentro mi cuaderno, mi bote salvavidas, mi billete para sortear la marejada… y me agarro al lápiz, mi remo de confianza, decidido a ser Caribdis y vomitar el océano de inquietud. Las brazadas son torpes y no siguen ninguna dirección, ninguna pauta, sin párrafos o brújulas, y yo sigo dando bocanadas de aire y trazos con miedo a ahogarme en cualquier momento.

Avanzan el minutero y las nubes. El mar se va calmando. Respiro. Respiro de nuevo. Respiro y repito el patrón una y otra vez. El olaje de mi pecho sigue siendo irregular, sin ceder al sereno.

Veo una luz a lo lejos desde mi ventana. Un faro, un lucero, el sol, la tierra firme del amanecer, la isla de un nuevo día.

Son las seis de la mañana y me incorporo empapado en sudor frío con sabor a agua salada.

El náufrago insomne sobrevive una noche más en un mes en el que no se avecinan más que galernas de inquietud; y su cama será, en todas ellas, el ojo del huracán.

La crónica del olvido

«Que la inspiración te encuentre trabajando» y otras tantas famosas citas que tratan de motivarnos. Mi problema es que, siempre que a la inspiración le da por bajar y me ve con bolígrafo en la mano, se asusta y huye.

Hay algún momento de mi vida en el que banalicé la poesía y el privilegio de vivir. Me pongo excusas para no moverme, para no abrir la puerta, para no escribir, para no abrir los ojos. El mayor cambio de mi vida que tengo en mente es hacerme un pendiente o un tatuaje; uno que se quede en su sitio, inmóvil, conmigo.

Hemos llegado a creernos los individuos extravagantemente originales que leyeron a Bukowski, Hemingway y Dos Passos demasiado pronto, lo suficiente como para saber que en la vida no hay nada que intentar ni nada que conseguir. Nuestro marco histórico nos centra en la veintena, graduados en una carrera inútil que no nos ha llevado a ninguna parte, con trabajo ocasional y casi a fin de mes sin dinero para pagar el alquiler de un piso ridículamente pequeño. Estamos agotados, cansados de una vida que ni siquiera hemos vivido. Somos El extranjero, pero más pretenciosos: abarcamos con serenidad los grandes problemas, mientras que los más pequeños nos llevan de cabeza al agónico fin del mundo.

Al final resulta que no somos más que unas aspiraciones irreales y una templanza fría. Somos una bomba de relojería a punto de detonar y dar pie a una realidad deshumanizada que ni queremos ni esperábamos, que evitábamos en nuestras pesadillas más prematuras y, años más tarde, hacíamos todo lo posible por dispersarla con el humo del cigarro en plena madrugada. Una cruda realidad que nos llegó a atizar en ciertos amaneceres, dejándonos tirados en la cama durante horas, días y semanas, sin saber si nos retorcíamos en un sentido figurado o literal. A estas alturas, vivimos en el otoño de nuestra generación, siendo el invierno la espesa aceptación barroca que tanto tiempo llevamos evitando y siendo el verano el salto que dimos sin pensar, obviando consecuencia alguna y creyéndonos el más puro Renacimiento de la literatura.

Los últimos años transcurrieron como la madrugada del verano entre personas activas, plazas a rebosar, puños en alto, abrazos, carcajadas, acordes inconformes y versos denunciantes hasta que, de repente, llegó el otoño y todo quedó inmóvil; absolutamente todo. La tierra deja de rotar, el viento de soplar y los corazones de latir. El país —qué digo, el mundo— está paralizado. Nuestras vidas, como consecuencia, también.

Gritamos «no nos callarán», pero no hizo falta: nos callamos nosotros solos.

Somos la crónica del olvido; ni nosotros queremos recordarnos.

Cafés

Cualquier excusa sirve para interrumpir el incesante y apabullado movimiento de este mundo; cualquier excusa sirve para respirar profundamente tres, diez o cien veces y servirse un café.

Me vienen a la mente dos personas con el primer sorbo: Ernesto Sábato y tú. Tú, porque han sido innumerables cafés compartidos: tiernos, curiosos, amenos, jubilosos, decadentes, lujuriosos… y de Sábato porque es él quien mejor entiende lo que es un café en compañía.

Hay tardes en las que andamos a cuadros y a cuadras antes de encontrar un lugar donde tomar un café en paz.

Y si me permito apartar la soledad que denota, hablaré de la paz que encuentro a tu lado, endulzada con infinitos intercambios de palabras, ideas y ensoñaciones entre las que pasan intervalos de minutos y años luz. Son incontables paseos por el pensamiento del otro, aquel por el que no necesitamos dar un penique para conocer, por el que caminamos hollando el amargo sabor de las inquietudes como quien anda sobre hojas secas y con el que templamos nuestra comprensión, combinando una esencia única.

Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad. Siento nostalgia, casi ansiedad de un Infinito, pero humano: a nuestra medida.

Si algo le faltase a este mundo serían más cafés como los nuestros, a nuestra medida, con su particular mezcla de conversación y sus dos cucharaditas de cariño; ahí radica la paz del ser: en una cafetera compartida con palabras abundantes sin carencias. Cafés con personas como tú; cafés vespertinos, cafés por carta y cafés con besos.

Escribiendo engaña el escritor

Como bien dijo Pessoa, el poeta es un fingidor, y finge tan bien que finge su propio dolor —aquel que en verdad siente. Si cada verso es un engaño, el poema es una mentira y la antología una broma, pero lo disimula hasta tal punto que, aun si nos cuenta la verdad y exhibe toda la farsa, insistimos en leer entre líneas en pos de un significado más y dejando atrás cualquier otro significante entendido.

Parece complejo el mundo de un escritor sobre el papel, pero la trampa reside en justo lo contrario: la sencillez más ingeniosa. Lo explico con la simpleza de una sonrisa, la que se nos escapa al mentir queriendo al mismo tiempo que entiendan algo más allá de la inocente falacia.

Vaya, imagínese que le invito a contemplar un atardecer y le insisto en sentarnos de cara al este. O imagínese que le aseguro lo mucho que odio la lluvia mientras me deshago de mi paraguas en plena tormenta. O mucho más sencillo: negar un beso a un centímetro cuando es evidente que unos labios solo quieren degustar los otros.

En conclusión, los escritores somos poco más de una broma de buen gusto en el peor de los sentidos.

 

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente.

—Fernando Pessoa

Prólogo indeterminado

Al escribir esta historia, me quedo en un prólogo atestado de dudas. Me gustaría saber si piensas tanto en mí como yo pienso en ti, pero es la incertidumbre lo que mantiene mi narración. Los días pasan y tu dosis se me antoja esporádica. Una dosis que parece tan, tan lejana… Tiendo a aferrarme a la imaginación, a un pensamiento o a una idea, de que pase el tiempo que pase y ocurra lo que ocurra, tendremos una, dos, o diez noches para nosotros. En el fondo no te conozco, ni tú me conoces. Tenemos una leve idea, un esquema hecho de humo de cómo somos, pero somos más, mucho más, nos divinicemos o estandaricemos. Somos menos de lo que decimos, y mucho más de lo que sentimos: el suspiro de madrugada, aquella calada que se atraganta, esa conversación confusa entre copas, una canción que despierte los ánimos… No sé en qué crees, no sé qué te quita el sueño ni sé de qué sueños te olvidas al despertar. No sé nada, y créeme que esas son las cosas más importantes en esta historia.

A mí me quita el sueño un enigma. Nada llama tanto la atención como un misterio, una tierra incógnita por conocer, un astro por pisar… y no obstante, tú eres una galaxia por avistar. Podría dejar escribir al subconsciente y contarte todo esto y más, más allá de lo tangible, y sentir curiosidad por las rarezas que habitan en tu cabeza. Una cabeza tan sensata y diáfana en lo básico que, si alguna vez me pasease por ella, no me atrevería a tocar nada.

Aunque hay un cajón.

Un cajón que tal vez abras de madrugada y en el que te sumerjas, lleno de ilusiones, creaciones, aspiraciones y espectros que me son imposibles de imaginar. Ese cajón que negarás tener, sea por modestia, por miedo a descubrirlo o porque no creas tenerlo. No importa, sé que está ahí y sé que hay noches que me quita el sueño.

Hay noches, que las hay, en las que me dedico a pensar en ti y a proyectar ese rincón tan celosamente reservado de tu cabeza. Y cada noche termino con una metáfora nueva de lo que quiero. No quiero entrar, no quiero invadir ni mancillar tu paraíso, aunque me lleno de esperanza y fantaseo con que tal vez llegue un día, quizá una única vez, en el que me muestres su interior y me dejes acompañarte en todas esas ideas triviales que rondan tus pensamientos. Recuerda, hablo de aquellas que son las más importantes en esta historia.

Podría reseñar mil estupideces en tu nombre, pero no en el de este relato. Cada uno deambula por su acera sin prisa alguna, pero hay ocasiones en las que esa misma acera es tangente a las ensoñaciones del otro, que se despierta desorientado pensando en la añoranza de pocos momentos compartidos. Yo lo escribo, créeme, siempre que me desvelo; lo guardo celosamente bajo una caligrafía nerviosa y taciturna en el segundo cajón de mi mesilla. Mi cajón.

Tal vez ocurra demasiado, o puede ser que ocurra demasiado poco.

Me dejas con una sensación de cierta incertidumbre, la de este relato, por no querer averiguarlo y ver el flujo de nuestros acontecimientos.

Siempre nos quedará el último cigarro para no dar por terminada la noche y un par de diálogos que nunca querremos compartir…

Pues la historia está por escribir.

Una musa se posa en el cenicero

Juro, y que cualquier ánima con aires divinizados baje a contradecirme, que no hay día que no sueñe despierto con el pálido rojizo que se deja dibujar en tu piel. Lo juro por los luceros que adornan tu rostro, risueños y alicaídos al mismo tiempo, a los que les he dedicado cinco eternidades sin importarme el resultado, y por tu mirada pacientemente ansiosa de comerse el mundo (véase el oxímoron que eres). O por esa nariz que tímidamente asoma invitando a que se encuentre con la mía en un beso. Y que me parta un rayo si me atrevo a plasmar en palabras la sensación de tus labios contra los míos, entre cariño, timidez y lujuria. Me faltan pactos con el diablo para aderezar tu lengua, no solo con un gesto entre las sábanas, sino con el sabor de un café vespertino antes de poner sobre la mesa la posibilidad de embriagarnos con cualquier pretexto que se nos ocurra. Juro, además, que no siempre imagino todo esto desde la ternura, pues es difícil tratar de evocar un cuerpo de violín sin querer tocarlo y así crear una sintonía más por Mozart.

Escribir sobre el cariño o el amor está, sorprendentemente, sobrevalorado e infravalorado; habiendo tantas razones para hacerlo sin tener en cuenta lo abstracto que resulta evocarlo… Oscila desde un polvo hasta una vida: un momento, al fin y al cabo.

Qué sabrán los poetas cuando al medir los versos limitan los susurros al oído a unas escasas sílabas.

O qué sabré yo, que con un par de cervezas me he puesto a imaginar a alguna musa.